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Historias del ayer y del hoy: La Teyera de la Sierra en Villayo. De los pozos de barro a la arqueología industrial en Santa Cruz

Restaurar los vestigios existentes, tanto por su valor histórico como por el atractivo turístico, supondría un revulsivo en todos los sentidos para el Municipio

Publicado el 23/07/2020
El tapin Historias del ayer y del hoy: La Teyera de la Sierra en Villayo. De los pozos de barro a la arqueología industrial en Santa CruzJosé Suárez de la Quinta en 1959.Foto de José Mª González Villanueva-Archivo de La Piedriquina

Villayo, en la parroquia de Santa Cruz, es hoy día una de las más bucólicas aldeas llanerenses, donde bajo el manto de praderías con ese verde tan exclusivo de Asturias, se descubrió tiempo atrás el llamado barro negro o barro yema que dio el nombre del Pueblo a una cerámica popular ya de museo, y de la que aún aparecen restos al trabajar en cualquier huerto; es una zona donde bajo cualquier ondulación del terreno o arreglo constructivo pueden surgir estructuras de los artesanales hornos alfareros; su orografía impregnada de barro y con abundantes riachuelos, favorecieron el emprendimiento de lugareños y allegados. Los artesanos alfareros del pasado dieron paso a nuevas empresas, e incluso simultanearon la cerámica con el trabajo en las mismas, en condiciones laborales bastante precarias desde la perspectiva actual y sin olvidar las tareas de la casería. Este marco paisajístico de indudables atractivos turísticos por sí mismo, incluía aún no hace muchos años un área industrial de importancia. En unos cientos de metros, algunas veces a caballo entre Llanera y Les Regueres, hubo tres teyeres, la de Montellar, y dos en la zona de la Sierra; la mina y el lavadero de espato flúor o la cantera de la Ferrería, origen de lo que hoy día es Transfalt, por ejemplo, son nombres y actividades allí desarrolladas y aún muy presentes en el recuerdo de los mayores.

Un poco de historia

Antes de profundizar en las tejeras, quizá convenga recordar sucintamente la historia del barro de Santa Cruz, pues su arcilla, esto es, el popular barro, ya documentado desde el siglo XVIII fue siempre objeto de deseo, además de tesoro natural que los lugareños sentían y defendían como algo propio y consustancial al pueblo.

Está documentado que 1908, párroco y concejales, a la vista de la fuerte sequía y su incidencia en las malas cosechas de trigo y maíz, así como en la merma de pastos para el ganado, pidieron autorización para extraer 200 toneladas de arcilla del monte comunal Bello y así amortiguar las consecuencias económicas. En 1916, las cosechas seguían siendo escasas, aumentó la carestía de los artículos de primera necesidad, y a situación vecinal era crítica, lo que empujaba a la juventud a emigrar quedando las caserías a cargo de ancianos, mujeres y niños, por lo que no era posible cultivar lo suficiente para el abastecimiento de la localidad; por ello, el concejal Ramón Flórez Gutiérrez pidió solicitar al delegado de Hacienda la extracción de 4000 metros cúbicos de arcilla por año, el mayor número de años posible, con el fin de dar empleo a los parroquianos.

Concienzudos estudios cifran en seis las tejeras de la zona y, mas recientemente, cuando en 1923 según consta en los libros de actas municipales, Guisasola pide permiso para explotar una mina en el Monte Bello, el Ayuntamiento convoca al industrial y a una comisión del vecindario en Posada, para clarificar los temores de éstos de que aquél lo que busca es arcilla, pidiendo que, de concederse la licencia, se indemnice al pueblo por los perjuicios. Algo de cierto tenían las reservas de los de Santa Cruz, pues acuerdan con Guisasola y el Ayuntamiento que aquélla empleará a los vecinos en el arranque y transporte de los materiales y pagará al Municipio 2,50 pesetas por tonelada de barro sacada. Se consigue, además, a pesar de la reticencia de algún concejal, que, el 80 por ciento del dinero que ingrese el Ayuntamiento por este concepto, se invierta en escuelas, fuentes y caminos de la Parroquia.

En 1925 la corporación municipal acepta la propuesta del concejal Busto para subastar las arcillas de Santa Cruz como forma de incrementar las arcas municipales, al precio de 4 pesetas la tonelada; en 1927, las 4000 Tm a concurso quedaron sin postor, al igual que las 2500 al mismo precio que subastaban en 1928. Estos fracasos obligaron a bajar el precio de salida a 3 pesetas la tonelada, pues “los Guisasola extractores únicos están consiguiéndola en Les Regueres a precios muy inferiores”. En 1931 se subastan 2000 Tm en el Monte Bello a 2,5 pesetas la tonelada, que una vez más queda desierta; a la vista de ello, teniendo en cuenta la opinión de los técnicos de que el precio debería ser 1 peseta la tonelada, los munícipes acuerdan probar con este precio subastando 1000 Toneladas, sin que sepamos el resultado.

Las tejeras de Santa Cruz

En época más cercana, fueron dos personajes de la zona quienes tomaron, en este tema, la iniciativa industrial en Santa Cruz: Juan el Cabo y su primo, el recordado médico de Santa Cruz José Ramón, quizá observando que a la Real Compañía de Minas en Arnao le interesaba el barro de la zona, que le llevaba en su camión Paco el Cabo y también varios carreteros con bueyes, formaron sociedad para explotarlo in situ. Ellos fueron los impulsores de las tres tejeras -Montellar, La Sierruca y La Sierra- últimamente documentadas, aunque fuera el llanisco Ricardo Duyos en su época de comandante militar, con quien finalizó la vida de La Sierra, última en funcionar.

Difícil precisar la fecha en la que Juan y José Ramón iniciaron las tareas en Montellar, probablemente ya desde finales de la década de 1940, y estuvieron al frente de las tres instalaciones más o menos hasta mediados de los años 50 del pasado siglo, cuando llegó Ricardo Duyos González, fecha esta en la que ya funcionaba únicamente la tejera de la Sierra.

La tejera de Montellar, cercana al molino de La Ferrería de Les Regueres pero en Llanera, fue la primera en funcionar como tal; allí se desarrolló un trabajo eminentemente manual, con la singularidad de tener chimenea en forma cuadrada, ser de menores dimensiones que la de La Sierra, y funcionar alrededor de tres años debido al rápido agotamiento de la materia prima en su zona.

La Sierruca, cercana a la de La Sierra, de menor tamaño que la anterior, anecdóticamente con horno y barracones para comer y dormir techados con tapines de prado, tenía como responsable un matrimonio llanisco.

Los restos de la última que funcionó, la tejera de La Sierra, aún son visibles entre maleza y arboleda; y ligeramente aislada y erguida sobre el paisaje permanece su chimenea de ladrillo visto en buenas condiciones. Y es sobre esta Teyera de la Sierra, sobre la que me extenderé en las siguientes líneas.

Recuerdos y vivencias personales

La memoria y los recuerdos de Maruja de casa Celesta y Ángel de la Quinta, me permite dibujar un retrato, siempre aproximado y susceptible de múltiples variantes, de lo que fue una actividad empresarial importante, y como tal, revulsivo económico en la zona.

Maruja, veía la Tejera desde su casa, por lo que aquel paisaje industrializado forma parte de los recuerdos de su infancia; junto a la memoria de su padre como hornero-cocinero, las margueras o pozos de barro, los vecinos camino del tajo, las mujeres con la cesta llevándoles la comida al mediodía, la llegada y la marcha de carrilanos, gallegos y llaniscos, los horneros-cocineros, los ladrillos y las tejas de todo tipo extendidos en la era al sol, los camiones cargados de materiales, los barracones-dormitorio, el comedor, la fiesta del primero de mayo, la piscina…, son imágenes aún muy vivas en su retina, al igual que en la de otros y otras de la zona.

Ángel cuenta que llevando de crío la comida a su hermano, reflexionaba con las opciones de futuro que trabajar en la teyera le reportaría a él mismo. Aún recuerda el excesivo peso de la fesoria para sus catorce años cuando en 1958 comenzó a trabajar allí. Pero también le viene a la memoria el entretenimiento más o menos jocoso entre colegas lanzándose tarronadas de barro o jugando al fútbol, y la satisfacción cuando, tras varias semanas sin cobrar con la finalidad de ahorrar para pagarse su primer traje a medida con Elviro, el sastre de la Piniella, lo consiguió después de probarlo varios domingos, en horas que le permitía tanto ver a las mozas regresar de misa en San Cucao como acudir al baile en el salón de Bienvenido, ir con los mayores al adobu de Casa Benigno en Premió o al baile a Les Cruces. Más serio se pone acordándose de la noche que pasó su tía buscándole a la luz de un candil de carburo, preocupada por no regresar a la hora acostumbrada y temiendo encontrarlo hundido en un pozo de barro. En los 5 años que permaneció en la teyera, fue pinche, cobrador del material, encargado, engrasador todos los sábados…,  De aquellas instalaciones salían los populares machetones, bloques, ladrillos macizos, tabiqueros, rasillas, bovedillas para forjados, teja curva, etc. En sus comienzos, aún se amasaba a mano parte del barro en la balsa, aunque poco a poco el equipamiento con maquinaria industrial simplificó trabajos y ahorró esfuerzos.

La teyera de la Sierra

Llegar a ella resulta fácil; casi desde cualquier lugar cercano se divisa la chimenea y ella sirve de faro indicador. El camino asfaltado que une Santa Cruz con Villayo pasa pegado a la derecha de lo que fue la fábrica. La yedra cubre parte de la estructura de la chimenea, que en algunas partes está fisurada ligeramente a lo alto, y en su corona final faltan algunos ladrillos. Unos metros de carril bordeando por la izquierda las baterías y secadores, desemboca en la pradería despejada donde se alza dicha chimenea, y pegado a ella es fácil observar acorraladas por la maleza, lo citados hornos y secadores inundados en el momento de mi visita. Ya no hay vestigio de los barracones que sirvieron como dormitorio para obreros y que tras el proceso de desmantelamiento de instalaciones fueron ocupados por la etnia gitana.

La Sierra se ubica en el prado de la Sierra Bello, o en Bravo la Sierra según otros; por la zona discurren tres riachuelos de mayor o menor caudal, el Beyo, el Tejeira y el “del medio”; es a orillas de este dónde surge la tejera que, al menos en 1958, ya usaba como nombre oficial el de “Cerámica Santa Cruz”.

Los pozos de arcilla, no era fácil distinguirlos en la oscuridad de la noche, y desdibujados o tapados por nieve los caminos, eran un manifiesto peligro para los transeuntes, incluso los buenos conocedores de la zona, como lo prueba el desgraciado accidente donde el vecino Pachón perdió la vida ahogado tras caer a uno muy cercano a la cerámica, en la década de 1940. 

El Proceso productivo

En dichos pozos, llamados “pozos de barro”, muy cercanos a la fábrica, valiéndose de una fesoria ancha de considerables proporciones, los obreros cavaban el material que sobre una carretilla de cajón llevaban hasta el molino; cuando el pozo se hacía hondo, usaban cinta transportadora; del molino pasaba a la amasadora por otra cinta que descargaba en una vagoneta; de aquí a los laminadores para conseguir el grano requerido por el ladrillo o teja a fabricar, seguía a la llamada “máquina de vacío”, donde se cortaba a medida y, en una carretilla sin caja, se transportaba el producto a la era, esto es, al prado o campo abierto donde dispuesto en rajales de 6 o 7 filas de altura, necesitaban unos tres o cuatro días para secar, dependiendo del clima, y en el invierno, se les colocaba tejas a modo de techo. Pasado el tiempo, se construyeron baterías de secadores sobre el horno, todo a cubierto.

De la era y con carretilla se llevaba el producto al horno, abovedado con ladrillos, para la cocción. Aquí, las tareas de encañar y desencañar la producción requería una destreza singular para disponer los materiales de tal forma que el aire caliente circulara entre ellos y los cociera adecuadamente, para lo que se necesitaban unos ocho o diez días. El carbón que se usaba para alimentar el horno se traía desde el almacén Martínez en el Alto del Praviano. Luis Granda Rivero como encargado, y sus hermanos Monchi y Quique como obreros, eran algunos de los especialistas en la tarea. A José Suárez originario de casa la Quinta, casado en la cercana casa Celesta, y a Ramón de la Quinta, se les recuerda como cocedores-cocineros, ya que atendían al horno y a la cocina simultáneamente, antes de disponer de las adecuadas instalaciones culinarias, así como de cocineros o cocineras más o menos profesionales, que de todo hubo.

Los productos terminados se almacenaban al aire libre y el transportista Montes llevaba a las obras, entre las que se encontraba ENSIDESA, así como a clientes particulares, los materiales requeridos.

No había oficina como tal; los encargados Antonio y su hijo Juan Manuel, Telmo el gallego, y otros muchos, pasaban notas a Duyos que acudía diariamente a la Tejera. Además de vecinos como Luis de Golmaire, Aladino de la Roza, Carlos de Laureano, Antón de casa Fausto, Segundo casa el Huevu…,  allí trabajaron junto a muchos gallegos -Outera, Basilio, Castro, Pepe, Canoso…- también muy aplicados en las tareas, gran número de llaniscos, alrededor de una treinta de operarios en total. Los que acudían puntualmente a la cerámica, conocidos como carrilanos, obreros de paso, se caracterizaban por traer como equipaje el típico macuto y tras cobrar la paga de unos días de trabajo, irse.

Los horneros trabajaban 24 horas en turno de día y noche alterno, y el resto de operarios unas doce horas con pausa de comida. Ángel recuerda cobrar 33 pesetas por doce horas de trabajo como pinche en 1958, mientras otras categorías uns 50 pesetas por la misma jornada; un hornero-cocinero podría alcanzar las 2000 pesetas al mes, aunque cobraban todos a la semana. A algunos vecinos la comida se la traían puntualmente los familiares, llevaban ellos “la tartera” o iban hasta casa a comer. Los cocineros tenían la misión de calentarlo e incluso de preparar lo que suministraba el propio Duyos procedente de instalaciones militares. Aparte de los cocineros-horneros ya citados, también atendió la cocina José Ramón de casa Quinta, Jesús de Nida, Julio Gorín…; hubo al menos una cocinera procedente de Vibañu en Llanes, mujer de un camionero, alguno más de la localidad de Nueva se aplicó en la cocina, también Juan el Gallego, algún andaluz…, conformaron la nómina de empleados de la Sierra.

Como corresponde a la época, Cerámicas de Santa Cruz tenía una concepción empresarial típicamente paternalista, con cocina, comedor, barracón-dormitorio, duchas, retretes e incluso una piscina en el “regueru del medio”. Tocino, bacalao, sardinas, queso y dulce eran algunas de las viandas habituales. El primero de mayo, con motivo de la fiesta del trabajo, invitaba tanto a su plantilla como a escolares de Santa Cruz y vecinos en general, tanto de Villayo como de otros pueblos cercanos, a un convite a mediodía, en el campo junto a la Fábrica, precedido de misa oficiada por el párroco de la localidad, y seguido de juegos infantiles e incluso partido de fútbol. Por esta festividad, Duyos regalaba como detalle a los trabajadores, desde una simple libreta a una cartera de plástico.

Al comandante se le recuerda de trato siempre muy correcto, muy personal y humano. Favoreció que algunos reclutas de la zona, hecha la instrucción, pudieran pasar la mayor parte del tiempo en casa trabajando como asalariados en la Tejera, y quizá a su condición de oficial militar se deban algunos de los equipamientos sociales anexos a la Cerámica. Algunas casas de Villayo, pudieron disfrutar dada su cercanía, de luz eléctrica desde el trasformador instalado en la Tejera, mientras esta funcionó.

Cerámicas de Santa Cruz vino en declive cuando en 1965 el comandante Ricardo Duyos ascendido de empleo, fue destinado al Sahara. Aunque la tejera siguió funcionando un tiempo más, el barro de la zona como materia prima decaía en calidad, se hacía necesaria cierta inversión en maquinaria para seguir adelante, lo que unido al traslado profesional citado y quizá también a los condicionantes industriales del momento supusieron el final de la actividad. La maquinaria fue vendida, el barracón terminó cayendo, los productos almacenados fueron desapareciendo …, pero aún hay restos que merecen la atención. 

Un patrimonio para conservar

Los vestigios de la “Teyera de la Sierra”, o “Cerámica de Santa Cruz”, aún están en pie; por lo que significan para esta zona de Llanera, por el indudable valor histórico y atractivo turístico que suponen para el Municipio, por ser un testimonio vivo de la memoria industrial del Concejo, y particularmente la chimenea, merecen ser restaurados y catalogados con alguna de las fórmulas que permita su conservación como testigos que son de un importante pasado industrial. ¿Porqué no pensar en un centro de interpretación aquí, sobre lo que supuso el barro de Villayo y Santa Cruz? Además, según parece, la familia del comandante Duyos dispone de una filmación del proceso de trabajo de la Teyera en pleno apogeo productivo, testimonio del que conseguir una copia para conservar en Llanera es tarea imprescindible que, sumado a todo lo anterior, debería ser objetivo municipal inaplazable. ¡Que así sea!

 

 

 

Autor

Chema Martínez