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"desdemiventana" Premio y castigo

Publicado el 15/06/2020
El tapin "desdemiventana"   Premio y castigo

Premio y castigo                            

Como todos los días, aquel viernes el despertador llegó puntual a su cita con Ernesto. Eran las nueve y ambos se habían citado para esa hora desde el mismo momento en que la empresa de  Ernesto había decidido que su aportación a la misma ya no era lo suficientemente importante. Sin embargo ese día el ruido del viento y la lluvia contra los cristales invitaban a prolongar el descanso y  por eso mismo decidió darse un breve respiro.

Fueron minutos breves pero placenteros tras los cuales decidió empezar con sus rutinas diarias, poco a poco y casi sin darse cuenta las fue realizando de forma mecánica y sin esfuerzo alguno. Fue en ese momento cuando se dio cuenta del día de la semana que era y por tanto debería hacer aquello que todos los viernes repetía sistemáticamente y cada vez con menor ilusión. Cogió el diario, fue a la página de los sorteos y comprobó los números que durante años habían sido su esperanza para alcanzar un futuro mejor.

Como una tarea más de cada viernes la ilusión de Ernesto se había ido diluyendo en la rutina de no ser el agraciado. Pero esta vez algo iba a ser distinto, la suerte había decidido acordarse de él. Leyó  los números, una, dos, tres veces y no había duda: eran sus números. Tembloroso como un colegial ante su primera cita pensaba incesantemente en qué hacer, qué pasos dar... Su primera idea fue no hacer a su familia participe de aquello, así que en silencio cogió su gabardina, su paraguas y se dirigió a su pequeña sucursal bancaria en busca de asesoramiento. Preguntó por el director pero estaba ocupado, así que decidió esperar por él.

En silencio, sentado mientras esperaba su turno, pensaba en cuantas veces se había imaginado viviendo esta situación, y ahora que por fin le había llegado no sabía tenía claros los siguientes pasos a dar. En el momento en el que el director quedó libre tardó un buen rato en dar paso a Ernesto. Se acercó al mostrador, soltó un chascarrillo con la compañera de caja, saludó a un par de personas que también estaban esperando, cogió unos papeles, y se paró delante de Ernesto mirando varias veces su reloj mientras le apresuraba a entrar. El nuevo y hasta ahora anónimo millonario percibió con claridad que el interés mostrado no estaba siendo acorde a los muchos ceros del premio que tenía entre manos.

Ernesto entró en aquel despacho que conocía bien pero que tan diferente le estaba pareciendo ahora. Por primera vez se sentía seguro y confiado en aquella silla. Hoy no venía a pedir un crédito, a suplicar un año de carencia para su hipoteca, ni a negociar un descubierto. Fue al grano y sin preámbulos expuso su idilio con la diosa fortuna. En ese momento comenzó a descubrir lo peor de la condición humana. Las prisas y la frialdad del director habían desaparecido.

La reacción del nuevo rico fue un silencio motivado por el brusco cambio de registro del director. Fueron tan solo unos segundos pero habían sido suficientes para tener claro que él no quería ser igual que los demás y que su suerte no podía terminar con su forma de ser transformada en pura altivez. Durante su silencio la cigarra tentó de forma descarada a la hormiga que siempre había sido.

Salió de la sucursal dejando atrás la exagerada simpatía del director y habiendo pedido únicamente que ingresaran su premio en su cuenta. Hizo caso omiso a las recomendaciones sobre inversiones que le sugirió el experto bancario. Caminaba calle arriba pensando en que había hecho lo correcto y que al final siempre vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer.

Se dirigió de vuelta a casa y sin decir nada a nadie se sentó en el mismo sofá de siempre, tal y como había hecho toda su vida, y simplemente empezó a ver la televisión.  Al cabo de un buen rato su mujer entró en el salón para preguntarle su opinión sobre aquello de lo que estaban hablando en la televisión, pero la cabeza de Ernesto estaba navegando por el mar de posibilidades que su recién adquirido estatus le brindaba. Tras el segundo toque de atención aterrizó de nuevo y fue entonces cuando se dio cuenta de que aquel virus del que todos hablaban pero pocos conocían había llegado a su país.

Su vida monótona y sin sobresaltos se estaba convirtiendo en una montaña rusa de emociones en tan solo unas horas. De nuevo todo volvía  a cambiar y todos aquellos planes increíbles pero silenciosos volvían a parecer inalcanzables.

Lo que vino después fue una sucesión de días largos y duros. El despertador, su amigo inseparable, perdió todo el sentido. Las horas no parecían de sesenta minutos y los días no eran  de 24 horas. Ernesto descubrió en ese momento aquello que no podía comprar con su fortuna: La libertad.

Durante los muchos días de duro confinamiento fue cuando pudo apreciar el valor de todo lo que tenía anteriormente. Definió con calma quien estaba dentro de su círculo de confianza y quien no, y comenzó a compartir su dicha con su gente, la de toda la vida. Recorriendo ese camino también aprendió a alejarse del nuevo interés que ahora despertaba en algunos.

Seguro que a muchos de nosotros estos muchos días de confinamiento se nos quedarán grabados como a fuego en la mente, y también es probable que nuestra escala de valores haya cambiado. Igual que para Ernesto muchos de nosotros habremos aprendido que cuando se tiene todo las pequeñas cosas son las que de verdad importan.