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Les pandorges del “Mancu Ablanera”, en La Biblioteca Municipal de Llanera

Publicado el 18/12/2020
El tapin Les pandorges del “Mancu Ablanera”, en La Biblioteca Municipal  de LlaneraUna composición del “Mancu Ablanera”.

Días atrás ha trascendido que, los manuscritos originales con las pandorgas escritas por Ramón de Mingón han sido entregados por sus herederos a la Biblioteca Pública Municipal de Llanera.

 Hablar de pandorgas y de Ramón de Mingón, supone mentar un concepto y un nombre muy poco conocidos cuando no ignorados por la gran mayoría. Por ello me propongo glosar tanto el altruista desprendimiento de esas piezas originales y su entrega a nuestra Biblioteca Pública Municipal, como la figura de su autor, un poeta y maestro popular ya hace cien años.

 El pasado noviembre falleció Charo Díaz González, natural de casa Mingón de Tuernes el Pequeñu, mujer amable y de vida discreta, afincada desde hace tiempo en Oviedo, que era depositaria de “los papeles del tío Ramón”. Ella cedió a lo largo de los años, copias de aquellos textos de su tío a varias personas interesadas y, consecuencia de una de estas cesiones, fue posible que quien esto firma las publicara en el Anuario de La Piedriquina del año 2011, junto a una breve reseña del autor y algunas pandorgadas más que me recitaron otros vecinos. Ahora, los originales manuscritos que se conservan han sido entregados a nuestra Biblioteca Municipal por los herederos, personificados en Agustín Díaz Valdés, el sobrino- nieto de Ramón, residente en la casa materna de nuestro poeta.

 Un desprendimiento de este tipo, tan generoso y altruista debe ser valorado y elogiado como se merece teniendo en cuenta lo que supone para la conservación de nuestro patrimonio cultural y la memoria colectiva. La Biblioteca Municipal de Llanera es el sitio idóneo para ambas cosas, pues además de que es lugar para la cultura abierto al público en general, allí ya están otros testimonios de nuestro pasado más o menos reciente, escritos por distintos convecinos, y ello gracias tanto a la amplitud de miras y esmeradas gestiones de los responsables bibliotecarios y municipales, como al altruismo de los autores en unos casos, y en otros de sus herederos, como en este asunto concreto. Ojalá el ejemplo cunda y haya más presentes de este tipo.

 Por otro lado, el objetivo y la promesa municipal de exponer y conservar estos documentos, acrecentando así las manifestaciones culturales gestadas en el terruño propio, me parece tanto una apuesta por lo cercano como una significativa sensibilidad y aportación a la comunidad.

 El muy aceptable estado de conservación de los originales, en papel barba, cuadriculado o con los renglones marcados, escritos en tinta azul, aunque en diferente intensidad, algunos ya fechados en 1918, presenta deficiencias que dificultan mínimamente la lectura, partes ilegibles, tachones, etc., pero, además de sugerir un aprovechamiento exhaustivo del papel disponible,  son un compendio de sabiduría popular, a la antigua, como diríamos hoy, una fuente de reflexión sobre un mundo rural desaparecido.

 Tanto los testamentos de las pandorgas como otras composiciones poéticas e incluso tablas usadas por Ramón en su oficio de maestro, muchas veces con una ortografía peculiar,  donde hay referencias continuas a personas y pueblos de Llanera y de Las Regueras, a la vecindad entre sus habitantes,  a bares y tiendas que están en la mente de muchos; a la posguerra y la revolución industrial; se describen costumbres tradicionales,  se relatan vicisitudes amorosas e inclusive algunas estrofas “picantes”; no faltan muestras de la discreción del autor indicando iniciales de destinatarios o protagonistas, como narrando los sucesos  en clave, solo para entendidos.

 Por último, ocupándonos del autor, diremos que fue Ramón González Menéndez, nacido en el año 1899 y que vivió en casa Mingón, Ablanera, Tuernes el Pequeñu, hasta su muerte en 1954. También le conocían como el “Mancu de Ablanera” dado que le faltaba un brazo desde los 3 años. Como ya escribí en el citado anuario de La Piedriquina, quienes le trataron le describen como una persona de complexión fuerte, no muy alto, resultón y un tanto presumido, particularmente en sus años jóvenes, miedoso en cierta medida, solitario, guasón, satírico, aficionado a la partida de cartas, serio y enérgico en el hablar; calzaba habitualmente los tradicionales escarpinos y era muy comentado que cuando tenía que llindar les vaques de su Casa, además de la guiada, siempre tenía consigo un libro.

 Fue alumno del popular maestro nacional en las Escuelas de Coruño, don Celestino González Tresguerres, y gracias a lo allí aprendido pudo realizar posteriormente sus funciones como maestro afincado en Tuernes desde mediados de la década de 1920 hasta finales de la de 1940; contaba con gran estima popular y respeto por su docencia y en una época donde emigrar era muy habitual, los afectados acudían a él en busca del cursillo intensivo en rudimentos matemáticos y generales para hacer frente a “las américas”. Al parecer, recibía todos los años una ayuda municipal de 30 pesetas “en atención a los servicios que presta a la enseñanza”, pero en julio de 1934, el pleno municipal le concedió una subvención de 100 pesetas por “lo que trabaja en bien de la infancia”. Considerado como muy exigente con su alumnado, mixto, anecdóticamente, cabe decir que he constatado personalmente que la caligrafía de sus antiguos pupilos es idéntica a la que muestran los manuscritos de Ramón.

 

 

 

 

 

 

Autor

Chema Martínez



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