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Historias del ayer y del hoy La Mili en el Sahara español (III)

Vivencias llanerenses en la antigua colonia. Hoy, con Luis Ignacio González Suárez

Publicado el 27/10/2020
El tapin Historias del ayer y del hoy La Mili en el Sahara español (III)En un vehículo antiaéreo

Luis Ignacio González Suárez, hoy día domiciliado en Oviedo, pasa gran parte del tiempo en San Cucufate, de donde es oriundo pues nació en casa el Molín de Guyame en 1953. Le correspondió por sorteo el Sahara, y el día de la Fiestona de 1975, recogió el petate en la Caja de Reclutas de Oviedo y al día siguiente, 19 de Julio, en el exprés de medianoche, junto a medio centenar de reclutas mas, puso rumbo a Madrid. En el cuartel Wad Ras les cortaron el pelo conforme a los cánones militares y en un Hércules C-130 desde Cuatro Vientos pusieron rumbo al Aaiún donde aterrizaron 3 horas más tarde. La carretera a Cabeza de Playa le parecía una línea fina en la inmensidad de aquél desierto de arena y piedra; el cercado almenado y el arco de entrada al Acuartelamiento parecían un fuerte de caballería americano; cuando probó el agua fruto de la desarenadora del Cuartel, no sabía si realmente no sabía a nada, como después confirmó, o el calor le había mermado facultades gustativas. Pasado el tiempo, se familizaría con el Siroco, las tormentas de arena, los 45 grados del verano y los 7 de alguna noche invernal.

Quedaron instalados unos 10 -ningún otro asturiano- en tiendas de campaña frente a la entrada del Cuartel, y deambuló por sus alrededores varios días hasta que les dieron la ropa militar. Fue necesario cambiar alguna prenda con otros compañeros para aproximarse a la talla propia, e incluso arreglar a base de puntada rematada con nudo sobre nudo, buscando mayor duración del arreglo, alguna pieza. En la cercana duna Madre, viendo el mínimo pero persistente remolino en su cresta, comprendió que las dunas se mueven y se desplazan. La Legión y las Tropas Nómadas hacían proselitismo entre los recién llegados, y meditó si se integraba en alguno de esos cuerpos o no, pues las cinco mil pesetas de la época que en ellos se pagaban mensualmente, eran muy tentadoras.

Juró bandera en septiembre de 1975, y el menú especial incluía sidra el Gaitero, coñac, copa y puro; fue destinado a la segunda compañía. La Misa dominical era obligatoria, pero la primera a la que le mandaron ir, aún de paisano, le resultó muy impactante, pues era en honor de tres paracaidistas “muertos en la frontera a manos del enemigo”, precisó el oficiante al comienzo de la ceremonia. Se rumoreaba que habían sido alcanzados por un lanzagranadas.

Tras jurar bandera fue destinado al cuartel de artillería antiaérea, ubicado en la calle mayor del Aaiún, con la misión de proteger la ciudad, sus cuarteles y el aeropuerto desde las lomas circundantes, por lo que nunca se desplazó al interior del territorio. En diciembre de 1975, tras la Marcha Verde, la visita del futuro Rey Juan Carlos I y la muerte de Franco, abandonaron el territorio caminando sobre el largo pantalán que se adentraba en el mar, hasta alcanzar el buque de la Armada rumbo al cuartel de Lomas Coloradas en la Isleta, situado en Las Palmas de Gran Canaria. No sería aquí donde finalizaría el servicio, pues en abril de 1976 le enviaron al Regimiento lanzacohetes de Astorga donde se licenció en septiembre de dicho año.

Recuerda que la oficialidad en El Aaiún era muy joven, pues el buen sueldo, y que contara como doble el tiempo allí servido, eran alicientes para pedir el destino. Fue cabo furriel, ya que no pudo terminar el curso de cabo primero por la evacuación, hizo maniobras con material antiaéreo, sincronizando el radar entre baterías con los aviones que operaban en el aeropuerto, y particularmente desde el toque de queda decretado a finales de octubre, participó en múltiples alarmas ficticias y alguna que otra real, formó parte de patrullas diurnas y nocturnas, armado con granadas y balas sin límite, todo ello sin mayor incidencia, pues en la calle sólo había militares y algún personal civil de las minas de Fos Bucraa que retornaban a dormir en la capital.

Se toleraba la barba y el pelo un poco largo. En el campamento, había un día ducha, y otro, baño de mar, salía frecuentemente de paseo con Nacho -hablamos de él en la entrega anterior- y hablar por teléfono con su casa de Guyame suponía tan larga espera por la conferencia a cobro revertido, que al no conseguirlo en el día que la solicitaba, desistía de ella, por lo que nunca consiguió hablar con sus padres hasta llegar a Canarias donde pudo hacerlo en una cabina pública de las de aquél entonces. Hasta que no llegó a las Islas, no disfrutó permiso alguno y aún conserva cartas de los amigos del pueblo también preocupados por la expedición de Hassan. Este quien ahora escribe, le recomendaba tomar notas de aquella experiencia única para las futuras memorias, al tiempo que le enviaba algún que otro ejemplar de las revistas Cambio 16 y Triunfo.

El cine Dunas, el Parador de Turismo, y los pequeños bares tipo Casa Ángel en San Cucao, eran opciones para el tiempo libre; tortillas, bocatas, cervezas, etc., formaba parte de la oferta culinaria.  Si bien las chicas de vida alegre eran todas peninsulares y a tenor de las noticias de la época, fueron las primeras repatriadas por no ser necesarios sus servicios allí, el resto de los bares y los numerosos zocos estaban regidos generalmente por nativos.

Entre la tropa no se hablaba de política, pero si escuchaban las radios, la española y la marroquí, que ofrecían versiones diferentes del mismo hecho, particularmente del fallo del tribunal de La Haya sobre la descolonización del Territorio. La tropa fue informada de la Marcha Verde, pasaron casi tres días descargando munición y armamento para hacer frente a las posibles incidencias, y aunque la vida siguió sin mayor problema, hubo toque de queda, fueron suspendidos muchas veces los paseos habituales, se fortificaron los puestos de guardia con sacos terreros, hubo dos muertos sin que se informaran las causas, a los que se les hizo el funeral sobre la marcha con asistencia de la generalidad de la tropa. Con no cierta sorpresa, pero con alivio, escucharon la noticia de que Hassan ordenaba a sus súbditos retornar a Marruecos. Como cuenta Pilar Urbano en uno de sus populares libros, “el rey alauita sucumbiendo a las presiones internacionales transformó la prevista yihad de reconquista a fuego y sangre, en una peregrinación de mujeres, niños, coranes, panderos … “

Días antes de abandonar el Sahara, desde uno de los puntos de observación, avistaron una larga caravana de camiones marroquíes transportando todo tipo de víveres al territorio sahariano, tal vez a modo de provisiones para etapas posteriores a la presencia española.

La visita del entonces príncipe Juan Carlos, fue un visto y no visto; recuerda la formación de tropa en su honor frente a Capitanía General, un helicóptero sobrevolando la zona y al visitante salir del edificio de mando. Un colega irrumpió en el OLMO - destacamentos de Artillería Antiaérea situados en las lomas alrededor del Aaiún- donde estaba aquella noche de servicio, anunciando la muerte del general Franco y al día siguiente oyó las correspondientes salvas de ordenanza. Por aquellas fechas, hubo alguna reunión importante de nuestras autoridades con jefes locales o funcionarios de Marruecos en el Parador de Turismo, de reciente inauguración, engalanado con banderas marroquíes.

Los nativos solo parecían interesados en vender a regateo todo tipo de relojes, transistores, gafas -las Ray ban estaban muy de moda- a los godos, apelativo con el que llamaban a los peninsulares. A la misma entrada del Acuartelamiento estaba ubicado Alí, un nativo privilegiado pues los soldados despejaban su caseta de la acumulación de arena por el siroco. En general, con ellos no había mucho trato, y los mandos aconsejaban no adentrarse en sus barrios de las Colominas, La Piedra, y el del Cementerio, zona esta donde tenía lugar un gran mercado de Camellos y Cabras.

Aún relee de vez en cuando el folleto que le dieron al incorporarse, con generalidades sobre el Sahara, sus habitantes, sus costumbres, y que terminaba con el ruego de enviarlo a la familia para que viendo las buenas condiciones del Servicio en aquélla lejana tierra, permaneciera tranquila.

Guarda un buen recuerdo de aquella experiencia singular y se pregunta por una agenda con los nombres de muchos compañeros, que manejó durante muchos años y que ahora no localiza. Sabe que en cualquier momento aparecerá y podrá restablecer el contacto con Domingo de Bilbao, Felicísimo de Badajoz, Juan Tomás de Huelva, y otros muchos cómplices de fatigas.

 

Autor

Chema Martínez