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Historias del ayer y del hoy: La Mili en el Sahara español

Vivencias llanerenses en la antigua colonia. Hoy, con César Sánchez Sánchez

Publicado el 09/09/2020
El tapin Historias del ayer y del hoy: La Mili en el Sahara españolAfueras de Aargub

Para algunos, entre los que me encuentro, el Sahara sugiere un territorio diferente, propicio a la aventura, pues es idealizado por una cultura, costumbres y sistema de vida muy diferentes a las nuestras. Este vasto territorio, equivalente a la mitad de la península ibérica y a más de 2000 kilómetros de Oviedo, fue hasta 1976 una provincia española, en la que varios miles de reclutas peninsulares cumplieron el Servicio Militar.

Desde hoy me propongo ofrecer al lector varios relatos con las vivencias de llanerenses que hicieron la Mili en el Sahara. No estarán aquí todos los que fueron, ya sea por no saber de ellos, haber fallecido o por declinar rememorar aquí y ahora sus experiencias allí. Aunque todos disfrutaron de una estancia sin consecuencias negativas, vivir en primera persona la marcha verde, la visita del entonces príncipe Juan Carlos, la muerte de Franco, la evacuación del territorio, e incluso la guerra de Ifni, o una Mili sin más, son momentos cargados de sentimientos, cuando no históricos por sí mismos, que cada uno rememora a su manera, aunque los años transcurridos diluyan las imágenes y atenúen los recuerdos.

Así pues, retornamos a 1966 cuando César, hoy en casa Xepe de Villanueva, formaba parte de la Agrupación de Tropas Nómadas (ATM). Esta unidad militar estaba ligada a las vicisitudes del hecho colonial por lo que, en 1975, cuando España deja el Sáhara, fue disuelta, siendo la última unidad indígena del Ejército Español e incluso, en opinión de algunos, también de los ejércitos europeos en África. Su objetivo era la vigilancia militar del desierto y de la frontera en particular. La tropa europea era de reemplazo y se destinaba al Sahara y a Nómadas por sorteo. Éstas últimas se nutrían de saharauis voluntarios, sin límite de tiempo en el servicio, que se incorporaban a la compañía ubicada en la zona donde pastoreaban, ámbito natural de su tribu. La Agrupación tenía unidades montadas y motorizadas, únicamente diferenciadas por el uso de dromedarios o vehículos, no por la misión militar, y a las montadas se les asignaban las zonas de dunas o terrenos muy accidentados donde los Land-Rover perdían tanto movilidad como velocidad.

 César Emilio Sánchez Sánchez, nació en 1943 en casa Pascua de Santa Cruz de Llanera y viendo como algunos vecinos marchaban voluntarios para elegir dónde hacer la Mili, su curiosidad juvenil le impelía a imitarlos lo que no veía bien el padre; cuando por sorteo le tocó “África”, el progenitor dudaba de si le había aconsejado bien y César encajó la suerte con deportividad. Tomó la Renfe en Oviedo con destino a Madrid, donde tras cenar y pernoctar en un cuartel en el centro de Madrid, un nuevo tren le llevó a Cádiz y después de tres días de barco, avistaron Playa del Aaiún. El contingente lo formaban 800 reclutas entre los que estaban un total de 12 asturianos, Arsenio, Pedro, Abilio, Toni, Juan, Pablo, otro César…, con algunos de los cuáles aún mantiene contacto.

 Su reemplazo se incorporó al BIR número 1 -equivalente a un CIR fuera del Sahara- campamento en Playa del Aaiún en noviembre de 1965, donde los 12 quedaron “alojados” en una tienda de campaña circular bajo el mando de un cabo instructor gallego. Juró bandera en diciembre de dicho año y fue destinado en febrero de 1966 a la Agrupación de Tropas Nómadas. Encuadrado en la 3ª compañía de Infantería -Mia, en aquellas latitudes y en argot nómada técnico-militar- con base en Aargub, en la Bahía de Villa Cisneros y que contaba con un abundante manantial de agua, y dado que una de las tres compañías de la Agrupación siempre estaba destacada en poblados del “desierto”, pasó por los destacamentos o fortines en Tichla, Bir Enzaran y en dos ocasiones por el de Auserd, más al interior del territorio y equipado con todo tipo de buenos servicios para la tropa. El Cetme y el Máuser eran de manejo habitual, mientras que el Fusil ametrallador Oviedo FAO y la pistola Star solo en las prácticas de tiro, eran piezas fundamentales del equipamiento armamentístico con que contaban.

La intención de aprovechar la mili para sacarse el carné y conducir vehículos militares, no se vio truncada cuando el capitán, buscando quien supiera escribir a máquina, se resistía a no contar entre su tropa a nadie con dicha cualificación. Pensó en los años de experiencia que ya tenía como empleado, levantó la mano, y aunque pasó el resto de la mili como oficinista de la tercera compañía, tecleando sobre una Undervood de color negro y ruido consistente, y dando al rabil de la calculadora allí disponible en aquellos tiempos, cuando regresó a casa traía con él el flamante carné de conducir.

Sus recuerdos del campamento donde trataban a los reclutas como “un número”, de manera totalmente impersonal, contrastan con el tiempo en destino donde la oficialidad dispensaba un trato militar pero muy correcto. La comida no era especialmente buena, aunque el chuscu de media mañana, de buen tamaño, generalmente relleno de bonito y acompañado de una Coca-Cola, que conseguía por medio de un amigo de amigo en Intendencia, sabía a gloria. Los peces “sin nombre” que se pescaban en grandes cantidades en la playa, con el simple lanzamiento de un anzuelo al extremo de una vara, eran cena frecuente. El destino final de los camellos viejos era un plato de ragout en el menú de la tropa algún día, y en otros, todo tipo de cocidos. Cuando a su capitán le tocaba “cocina”, él era el encargado de confeccionar el menú de la tropa. Ofrecer a un nativo musulmán “galufo”, esto es, carne de cerdo, era una broma de mal gusto cuando no una ofensa, pues suponía ver al agasajado quedar con los ojos en blanco, totalmente descompuesto, y ante aquella tesitura, se abandonaba toda pretensión para que lo probara.

 Tiene fijos en la retina aquellos parajes áridos, llanos, con suaves ondulaciones montañosas, donde la arena se confundía con la piedra y aquélla parecía un mar en calma. Alguna que otra vez se vistió, más bien en plan de comedia, una chilaba nativa, pero el uniforme color arena, el pantalón corto, la gorra teresiana, la siroquera, el Rexa o turbante, las gafas antiarena, las zapatillas con polainas, sandalias -allí llamadas nailas- o alpargatas, botas… contribuían, aunque nunca lo suficiente, a soportar el calor -40 a 45 grados en el Aaiún- y protegerse de la arena, y particularmente en el interior del territorio. La playa poco concurrida y solo por militares, era un pasatiempo en el tiempo libre pues aliviaba las altas temperaturas -45 grados a la sombra en algún momento en Auserd- como lo era el ir de pesca. Tanto el Aaiún como en Villa Cisneros había todo tipo de servicios.

En la Agrupación de Tropas Nómadas, había de un 30 al 40 por ciento de nativos, profesionales del ejército, que vivían con sus familias en poblados cercanos a la Agrupación. Muchos hacían de machaca de un oficial. Recuerda a los saharauis como afectuosos, casi rayando el pelotismo, aspecto este en el que incidían cuando querían algún favor; con ellos y sus familias había buena relación e incluso disfrutó de la hospitalidad de sus jaimas y saboreó el “muy buen té con hierbabuena”.

 La infección en el dedo de una mano, curada sin mayor problema en el botiquín evitó recurrir al hospital en Canarias; nunca se tropezaron con otras tropas o grupos armados en los desplazamientos por el territorio, -que las tropas nómadas fueran objetivo prioritario del Frente Polisario sería muchos años después- por lo que resume la mili como muy tranquila, aunque cuando en cierta ocasión, se fugó un nativo con el fusil, hubo un cierto revuelo, dado el potencial riesgo que suponía el arma.

 Se licenció en noviembre de 1966 sin haber disfrutado el permiso; el Junkers de la época de la Guerra Civil que enlazaba con Canarias, bastante desvencijado y con un ruido ensordecedor, desanimaba a pedirlo y, además, era costumbre dejarlo para el final del servicio y regresar definitivamente a casa un mes antes. Así lo acordó con su capitán, aunque se rumoreaba que los mandos accedían a esta solución para favorecer que participaran en el referéndum de la Ley Orgánica del Estado celebrado el 14 de diciembre de 1966.  Rememorando viejos tiempos, en 2017 acudió a la reunión que en Santander celebró la Asociación Nacional de Veteranos de la Mili en el Sahara, donde entre otros compañeros, se encontraron los tres escribientes de la 3ª compañía, él mismo, su predecesor y su sucesor. Fue este un momento emotivo y una jornada de recuerdos y convivencia agradable.  

Autor

Chema Martínez