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"desdemiventana" Elogio del porvenir

Publicado el 25/06/2020
El tapin "desdemiventana"   Elogio del porvenir

Elogio del porvenir

 Al irse, desde mi ventana, el sol dejó mustio lo que quedaba del día. Me hundí  en la desesperación, hasta perder la capacidad de calcular la profundidad del descenso. Sin escudos ni blasones y sin palabras me encontré al borde del abismo, enfrentando a un azar que en el hormigón afilaba sus garras, mientras la muerte se deshacía de su atuendo.

Y comenzaron los días que no fueron días,  o, que únicamente lo fueron porque aceptamos mantener la tenaz disciplina de los almanaques. Puse cruces sobre ellos, para aliviar el encierro.

Descubrí el trazado del mundo desde lo alto y añoré el roce de la tierra, dejar mi huella. Bebí las ráfagas de aire fresco como una posesa y abrí  de par en par las ventanas, inventando rutas para las aves.

Y cuando ello no fue suficiente creé en esas cuatro ventanas, cuatro universos con sus criaturas y sus deidades. Declaré la simetría en dos de ellos y a punto de eclosionar el resto. Experimenté la solitaria existencia en los orígenes, soy Eva sin Adán y bajo mis pies permanecen aún intactos los restos de la vida que conocí.

Al finalizar la segunda semana, quizás por aburrimiento decidí concentrarme en el tercero, una extensión irregular y vasta cautiva de un rosal junto a una pared, que imperturbable, se descascara.

Seducida por la ferocidad de las púas que lo protegen, como a mí, mi casa y por la desobediencia de las mariposas, que en la brisa dirigen su vuelo y salvaguardan el soplo de las mañanas límpidas.

En las tardes cuando son apenas una sombra, el viento entre las briznas extiende su fragancia. Una bocanada para el naufrago, en esta isla de cemento y yeso, que rememora la furia de las olas, para mitigar este aislamiento las noches que la sangre agita líquidos de fuego.

El alambre suyo detrás es el único rasgo humano que lo delata. Crece, sin embargo, y en su indolente desnudez me conmueve. Enhiesto bajo el sol, se une al viento en una arcaica danza de tiempos primigenios y salpicado de flores entre el verde exhibe su silvestre hermosura, mientras la lluvia golpea los tejados.

Juraría que es la primera vez lo veo. Juraría que no miento…, porque cuántas veces pasé a su lado pegada al móvil, cargada con las bolsas de la compra. Prisionera de mi ajetreada vida, de prisas y devorada por los impostergables.

Ahora ansío el despertar que con su trino los pájaros me ofrecen, soy la niña de seis años en la antigua casa en las afueras, que aún entre las amorosas sábanas escucha la voz de su madre en la cocina, charlando con su abuela.

En cada brote que rompe siento el fluir de los siglos, el clamor de la tierra, el agua que baja por los arroyos hasta alcanzar el recodo, mientras un atardecer delinea de rojo el contorno de los montes. Y yo acepto el desafío. 

El desafío de las horas de encierro, de esta nueva intensidad,  a veces sosiego por momentos herida y dejo atrás la infinita vacuidad de los días sin respiro y sin pausas, de una vanidosa y ciega humanidad sin soles, sin estrellas, sin campanas y sin aplausos.

El rosal frente a mi ventana me enseñó el camino y desanudo las ferrosas ligaduras de los miedos, que la violencia de la pandemia había liberado, arrojándonos al lodo de los instintos, sobre una humeante realidad.  Y como si todo sucediera por primera vez, me sorprendo rehén de la soledad en las calles que antes nos pertenecieron.

Habré de levantar la mirada sobre una vida que aún ahora está naciendo, para percatarme cómo, interrumpida pero eterna, en el ocaso conserva los recuerdos del alba. Y yo aligero mi carga, pues poco falta para que se disipen las brumas y los destellos desvelen un mundo distinto. Ellos traerán consigo los nombres y las formas. Somos Abeles y Caínes iniciando un nuevo ciclo.

Mientras tanto yo sigo las rutinas. Como cada tarde, en honor a ellos /as soy leal al compromiso, ofrezco el corazón en cada mano, en cada aplauso su latido. Apreto los puños y sigo adelante.  

Mas no fue hasta que teñí con nuevos colores los cristales que erigí la serenidad con mis dedos y, desde entonces, cada crepúsculo me siento en el alfeizar y escucho cómo en el crujir de las ramas el viento mece un nuevo mañana.

Miro, desde mi ventana al rosal justo antes de que un nuevo día acabe, es lo primero que veo al abrirla y lo último al cerrarla.