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"desdemiventana" El Farero

Publicado el 08/06/2020
El tapin "desdemiventana"   El Farero

DESDE MI VENTANA...

Desde mi ventana diviso mi mundo, un mundo reducido a la espera ilusionada del retorno a los libres paseos por la playa, el retorno a aquellas conversaciones sin fin con mis amigos y conocidos, la ilusión de volver a ver a aquel anciano que te entretenía con sus viejas historias sobre las necesidades que había pasado y lo mucho que han cambiado los tiempos, mientras sobrecogía mi corazón con su narración pensando en lo mucho que este hombre había vivido y la serenidad con la que me lo contaba.

 Desde esta ventana amarga que rodea el espacio infinito de un mundo apesadumbrado pero que no pierde la esperanza, aprovecho los últimos rayos de sol del atardecer para soltarle una sonrisa a la nada. Solamente el mugido de una vaca en la distancia, o el ladrido nervioso de un perro en la lejanía, me hace volver a la realidad de este confinamiento.

Por un instante, un suspiro cruza mi alma y me hace recordar tantas y tantas tareas que, en mi rutina diaria, convertían mi existencia en una desenfrenada monotonía y cuanta añoranza me produce ahora su recuerdo.

Mas no desisto en mi empeño de luchar por la vida. Ese regalo que nos fue dado al nacer, y que resulta tan frágil como una brisa marina y a la vez tan brillante como un cristal de Bohemia. Ese virus traidor que atenaza nuestras gargantas hasta hacernos exhalar nuestro ultimo aliento, no acabará conmigo ni con mis seres queridos si puedo evitarlo. Y lo haré desde mi propia fuerza y resistencia.

 Resistiré las ganas de abrazar, aguantaré mis temores con la tenaz maroma de mi razón pues en la profundidad del pensamiento reside el motor que mueve el barco de nuestra vida, y desde esa ventana a la vez tan querida y a la vez tan odiada, podré divisar el horizonte que a través de la penumbra de la muerte nos muestra una salida para no caer en los abismos de la inmundicia, la infección y la solitaria despedida sin consuelo mientras tu familia llora lágrimas de sangre.

Por ello, desde mi ventana digo NO sin cacerolas ni aspavientos. No deseo ser el protagonista de una película de la que yo no soy el director. Mi No es más sencillo, más humilde, más a lo Poncio Pilatos. Me lavo las manos no en la condena a un inocente, me las lavo para que el agua y el jabón arrastre los malos recuerdos de tantos humanos con cara sonriente, a los que no veré más, y que hoy se han convertido en un número, una estadística y un olvido.

 Así, me lavo las manos y con el agua purificadora vuelvo a nacer, como si de un nuevo parto se tratase. Un retorno a la vida, sazonado con las sutiles notas fragantes del aroma de la primavera recién venida, y que influye en mi estado de ánimo ayudándome a no perder la esperanza.

Sumido en la profundidad de mis pensamientos, un extraño tumulto me hace volver a la realidad. Es un policía que nos arenga desde la calle megáfono en mano como si de sus tropas se tratase, para que no retrocedamos ante el empuje de tan traidor invasor. La ilusión de verlo todos los días y ver como se le iluminan los mofletes a un niño que lo mira desde el balcón contiguo me ha sacado de mi lenta y pesada letanía.

La emoción me embarga, pues se trata de una imagen que pocas veces se puede ver y de la que soy un privilegiado espectador. Por un instante he agradecido al virus que me diese la oportunidad de vivirlo. ¿El virus? No. Él solamente es el actor secundario de esta película. El protagonista es el humano, que en la lucha por la supervivencia está dispuesto al sacrificio más elemental, y que no es otro que postrarse tras una ventana hasta que el peligro haya desaparecido o, en su defecto, hasta que la sensación de seguridad regrese para quedarse, pues este condenado virus no se irá, permanecerá agazapado para mordernos como un lobo en la noche hasta que la salvadora vacuna haga de él tan sólo un recuerdo.

Desde esta mi ventana puedo sentir la ilusión de esa vecina que nos canta, el fervor del vecino que aplaude en un acompasado ritmo solamente alterado por el sonido de la sirena del vehículo policial que, una vez más, vela por nuestra seguridad. Esta vez no persigue a un delincuente, vigila para que no perdamos nuestra más valiosa propiedad. Una propiedad que no entiende de dinero, y que, en estos precisos instantes flaqueaba, me refiero a la esperanza.

Esa esperanza que nos da fuerzas para luchar, vencer el agotamiento en este largo encierro, y poder contar a las generaciones posteriores “Yo estuve allí” y si no me crees, pregúntale a mi ventana. Posiblemente ella no te responda, pues no es muy dada a hablar con extraños. Pero si quieres notar su respuesta en tu corazón, no tienes más que asomarte por ella. Podrás así divisar el mundo que yo contemplé a través de sus ojos. Cuando ese momento llegue, y gracias al esfuerzo de todos, tú serás el único protagonista de la película de tu vida, lo cual significará que ha valido la pena, que el sacrificio no ha sido en vano. En honor a ello y desde estas líneas escritas por un ilusionado narrador, te propongo el siguiente título para ella, el mismo sería si me hicieses el honor: “Desde mi ventana”

EL FARERO